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Performances

Don Carlo sinopsis

Sinopsis de Don Carlo de Giuseppe Verdi

Primer Acto
En el monasterio de Yuste, unos monjes rezan frente al sepulcro de Carlos V, emperador del sacro imperio romano, y abuelo de don Carlos que llega a lamentar su desafortunado amor por Isabel de Valois. Pues por razones de estado ha contraído matrimonio, en vez de con él, con su padre, el rey Felipe II, hijo del difunto emperador. Se acerca su amigo Rodrigo, marqués de Posa, rogándole a don Carlos que olvide su dolor para incorporarse junto con él a la rebelión de los protestantes de Flandes, en contra del opresivo poderío católico de Felipe II.

En espera de la reina, la princesa de Éboli entretiene a las damas de la corte cantando la “Canción del velo”, sobre un rey moro y una bella bailarina de cara encubierta que resulta ser su propia esposa. Al llegar la reina Isabel, Rodrigo le entrega una carta presuntamente de su madre en Francia pero es de don Carlos, pidiéndole un encuentro en privado. Mientras la lee, Rodrigo distrae a la Éboli que cree que Carlos está enamorado de ella. La reina acepta ver a Carlos y despide a sus damas.

Carlos le pide a Isabel que interceda por él con el rey para  que le permita irse a Flandes. No se resiste a hablarle también de su amor.  Alarmada por el repentino cambio de tema, Isabel le dice que, como reina, debe mantenerse distanciada, pero a la vez le confiesa su amor.  Abatido de emoción, Carlos se desmaya; cuando recupera el sentido e intenta tomarla en sus brazos, ella se suelta y, con sus palabras, Carlos huye aterrado.

Sale el rey Felipe, enfurecido al ver a su reina sin ninguna acompañante y no duda en mandar al exilio a la dama de honor, la condesa de Arenberg   por descuidar sus   obligacones. La reina se despide de su amiga con tristeza. Rodrigo se queda atrás con el rey y le ruega adoptar una política de más tolerancia hacia sus súbditos de Flandes. El rey se niega y le advierte a Rodrigo que tenga cuidado con el gran inquisidor.  Sin embargo, le ha impresionado el joven que no pide recompensa alguna; le confiesa su sospecha de la reina y don Carlos y le pide que los vigilie.

Segundo Acto
Don Carlos llega a los jardines respondiendo a la nota que cree es de Isabel. Pero es de la princesa de Éboli que llega tapada con un velo. Creyendo que es la reina, Carlos le proclama su amor. Apasionada, la princesa se descubre pero pronto se da cuenta que la declaración de amor de Carlos no era para ella.  Entra Rodrigo y trata de corregir la indiscreción de Carlos.  Furiosa, la Éboli amenaza decirle al rey que Isabel y Carlos son amantes. Rodrigo le pide al amenazado Carlos que le confíe cualquier documento de política delicada que tenga.

El pueblo español y la corte se reunen para presenciar un auto de fe en que los condenados a muerte por la Inquisición han de ser quemados.  Don Carlos se acerca a su padre con un grupo de representantes flamencos que han venido a rogar clemencia.  El rey no reacciona a sus ruegos. Carlos enfurece a su padre continuando la discussion, pidiendo se le confíe a él el gobierno de Flandes. Al ver que sus palabras no tienen ningún efecto, Carlos desenvaina la espada. El rey llama a los guardias y nobles para que desarmen al príncipe rebelde, pero nadie se atreve. Por fin, Rodrigo da un paso al frente, le pide a Carlos la espada y se la entrega al rey.  El rey se dirige con su esposa hacia el auto de fe mientras los guardias se llevan a Carlos a prisión. En la distancia, se oye una voz celestial orando por los condenados a muerte.

INTERMEDIO

Tercer Acto
En su gabinete palaciego, el rey pasa una noche entera de ensueño melancólico, Reflexiona que su reina nunca lo ha amado. Don Carlos, bajo su sospecha de amor ilícito con Isabel, ahora ha cometido traición contra él.  El conde de Lerma anuncia la llegada del gran inquisidor a quien el rey ha llamado para tratar sobrel el castigo de Carlos. El viejo ciego entra a la presencia del rey que titubea en reclamar la pena de muerte para su hijo. Pero el viejo absuelve de antemano al rey de toda culpa, señalando que Dios sacrificó a su propio hijo por la redención del mundo.  El gran inquisidor entonces denuncia a Rodrigo como hereje debido a sus esfuerzos a favor de Flandes y exige su muerte, El rey defiende a Rodrigo, el único hombre de la corte en quién puede confiar. El inquisidor acusa al rey mismo de no cumplir su obligación ante el Santo Oficio. Se vence la voluntad del rey y abandona la defesa de Rodrigo.

Apenas sale el inquisidor, entra corriendo la reina pidiendo justicia por la desaparición de su joyero. El rey se lo señala sobre la mesa y le pide que lo abra.  Al negarse ella, él mismo lo abre, dando con el retrato de Carlos. Isabel defiende su inocencia ante la furia del rey; pero se desmaya al acusarla él de adulterio. Cuando el rey pide ayuda, acuden Rodrigo y la princesa de Éboli. Al atender esta a la reina, cada uno se siente abatido por sus propios pensamientos. El rey se da cuenta de que no ha sido traicionado. La Éboli se arrepiente de su traición al ver los resultados; y Rodrigo resuelve sacriicarse por España. Cuando Isabel vuelve en sí, el rey y Rodrigo se retiran. La Éboli le confiesa a la reina que fue ella la que le dio el joyero al rey, en venganza por el rechazo de Carlos. La reina la perdona. La contrición de la Éboli la empuja a admitir que ella misma ha cometido adulterio con el rey. Entonces, la reina le ordena escoger entre el exilio o el claustro. Sola, la princesa de Éboli resuelve salvar la vida de don Carlos antes de procurar la paz de un convento.

Rodrigo llega a la prisión de don Carlos para decirle adios. Ha conseguido su libertad declarando que pertenecían a él los documentos incriminadores que Carlos le había entregado. Este protesta pero Rodrigo no cede; se sacrifica para que Carlos viva y salve Flandes. De repente se oye un disparo y Rodrigo cae mortalmente herido, diciéndole a Carlos que Isabel sabe todo y que lo espera al día siguiente en el monasterio de Yuste. Moribundo, una vez más le ruega a Carlos que salve Flandes. Entra el rey para poner a Carlos a salvo, pero este se le enfrenta, acusándolo amargamente de complicidad en la muerte de Rodrigo.  Un cortesano entra corriendo para avisarle al rey que se ha amotinado el populacho, exigiendo la libertad de don Carlos. El rey ordena se abran los portones y entra el populacho. En la confusión, la Éboli, disfrazada, le ruega a Carlos que huya. El gran inquisidor se presenta e invoca a Dios para calmar al populacho.

Cuarto Acto
Esperando en el monasterio, Isabel, incada, se desahoga en oración.  Llega don Carlos para su último encuentro.  Rodrigo ronda por encima de su diálogo sobre la misión de don Carlos en Flandes.  Renuncian a su amor y se dedican a sus respectivas obligaciones en una solemne despedida platónica. Entra el rey con el gran inquisidor, listo para entregar a su hijo a la Inquisición.  Del sepulcro de Carlos V, aparece la figura de un monje espectral para dirigir a don Carlos hacia la oscuridad de la tumba y de la muerte.

De sinopsis en inglés, traducción al español de  Susana Hernández Araico, Ph.D.